La Data

DESTACADAS, MENDOZA

PONER PUNTO FINAL

No siempre es sencillo irnos de lugares que nos incomodan o cerrar situaciones que llevamos casi una eternidad sosteniendo. Permitirnos dar un cierre, no obstante, es lo primero a tener en cuenta.

No soy fan de los puntos suspensivos. Intento usarlos lo menos posible cuando escribo porque no me terminan de decir demasiado. De hecho, gramaticalmente señalan un discurso en suspenso, pausas, dudas o marcas de algo que se suprimió. Como todos los signos de puntuación o reglas ortográficas tienen su aplicación e importancia y, en ocasiones, pueden decirnos mucho. Sin embargo, no me terminan de cerrar. Tal vez sea porque esa es la palabra que le falta a los puntos suspensivos: el cierre. Se convierte así en una suerte de “ni” o de transición que no termina de decantar hacia un lado u otro.

No obstante, admito que los puntos suspensivos están bastante en mi vida cotidiana. La mayoría de las veces sin proponérmelo y hasta, en teoría, no queriéndolos. Se meten en medio de mis palabras no dichas, en mis declaraciones de basta que no terminan de ser pronunciadas, en las relaciones laborales o personales que a veces estiro cual chicle porque la inercia me lleva presa de razones y justificaciones tan válidas como infinitas y poco saludables.

A su favor, los puntos suspensivos muchas veces son necesarios en medio de los diversos procesos que transitamos para ir de un lugar a otro, lograr cambios o hacer algo distinto que nos haga sentir mejor con nuestro corazón. Muchas veces, en medio de esos procesos hay que tomar decisiones con el fin de que los mismos no se hagan eternos o queden en la nada, que es prácticamente lo mismo.

Y es ahí cuando los puntos suspensivos aparecen. Los usamos de manera consciente (y no tanta) cuando nos damos cuenta de que algo nos hace ruido, no lo queremos más o es hora de dar un paso al costado, pero nos quedamos ahí: lo postergamos, nos hacemos los distraídos o esperamos casi eternamente a que se nos pase.

Pero también los ponemos sin darnos cuenta en medio de automatismos cotidianos en los que, entre otras cosas, ignoramos las propias señales de nuestro cuerpo, dejamos de lado las punzaditas en el alma porque estamos apurados o seguimos corriendo tras cosas que, una vez alcanzadas, percibimos que no eran tan importantes.

Y es así como, en cualquiera de los dos casos, suelen aparecer los puntos finales. Como caídos del cielo, con tanta puntería que aterrizan justo encima nuestro, con la palabra crisis o quiebre y con infinidad de formas posibles que van desde peleas, despidos, discusiones, accidentes, enfermedades, sorpresas amargas o inesperadamente gratas. En fin, con cara de algo que no buscamos pero que en el fondo nos hace sentido.

Es así como los quiebres de los que solemos rehuir por inercia, por no hacernos cargo de lo que sentimos, por temor a dañar a otros o porque, simplemente, no confiamos en nosotros y creemos más en las opiniones ajenas que pueden ser razonables pero nada dicen sobre lo que de verdad sentimos.

Hay quienes tienen mayor facilidad para declarar quiebres cuando algo hace ruido. Sin embargo, y sé que puede sonar a excusa, no siempre es sencillo poner punto final, atrevernos a dar vuelta la página con la incertidumbre que ello puede significar (¿qué cuento habrá del otro lado? ¿Y si nos gusta menos que el que decidimos terminar?).

Tampoco es fácil, no obstante, ser pasajeros en tránsito en medio de puntos suspensivos que nos dejan flotando en medio de un limbo en el que no somos una cosa ni la otra, postergamos las decisiones sin fecha cierta y nos perdemos a nosotros por no perder lo que ya no queremos.

Eso por no mencionar el infinito mundo de posibilidades que nos abre una página en blanco que solo será posible cuando podamos poner un punto final, darle un cierre a lo que ya no es para nosotros, despedirnos, duelar o lo que necesitemos. Entonces no importa lo que hay del otro lado porque –sin cuentos de hada por delante- sí tenemos la posibilidad de crear una nueva historia, recrearla, volver a poner punto final y darnos el permiso de recomenzar.

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